miércoles, 23 de noviembre de 2011

De la violencia y otros demonios…Los agarrones de chongo en la Nueva España.

A lo largo de los siglos XVI-XVIII, la Nueva España sufrió una serie de cambios tanto geográficos como culturales, la ideología de las personas se iba transformando a medida de que se imponían nuevos patrones de conducta, a través de la religión y las instituciones de la época.
Una característica de la sociedad novohispana es que se encontraba regida por el honor, además de que  la reputación jugaba un papel muy importante, hecho por el cual el lenguaje estaba marcado por una tendencia hacia el respeto y la obediencia, el cual no se quedaba únicamente en las palabras, sino que se complementaba con la expresión corporal, acciones como  agachar la cabeza, hacer reverencias forzadas frente a las autoridades eclesiásticas.
     Respecto a esto quiero agregar que la cabeza constituía  una parte muy importante, ya que, con esta las personas de los estratos sociales bajos mostraban respeto, reverencia, y obediencia, además de que les permitía hacer notoria una actitud de sumisión con respecto a “sus superiores”. Generalmente lo que comenzaron como muestras de respeto se fueron transformando en actos humillantes que tenían su foco en las jerarquías, además de la identidad, la cual buscaba protegerse a como diera lugar.
     A continuación presentaré una escena de los” literalmente”  jalones de chongo que tuvieron lugar en la Nueva España de los siglos XVI-XVIII.
Acerca de los agarrones de chongo…
     Comenzaré por crear el ambiente perfecto para una riña callejera. En primer lugar los involucrados tenían que encontrarse en un lugar lo suficientemente concurrido para que la humillación fuera mayor, podían ser calles, plazas, mercados, iglesias (recordemos que la iglesia era el punto  de reunión para ponerse al tanto de los sucesos más relevantes), lo mismo podía ser en pulquerías, o bien en rincones ocultos del hogar como sucedía con las clases acomodadas.
     Las agresiones podían ser varias, iban desde palabras como “puta”, “cornudo”, “alcahuete/a” “cabrón” “chivato/a”, entre otros,  además los insultos podían ir acompañados de agresiones, las cuales tenían un significado muy particular, por ejemplo, una agresión recurrente era cortar el cabello, que generalmente se aplicaba a las mujeres “promiscuas”, además de que los jalones de cabello entre mujeres no se hicieron esperar, y encima de eso el jalón de cabello de los oficiales quienes para mantenerlas bajo control las sometían. Otros ataques comunes, eran jalar la ropa hasta romperla, rasguñar y marcar la cara, como sucedía comúnmente con las agresiones pasionales, en los que la esposa celosa iba a cobrar represalias, contra la amante de su marido.
     Uno muy interesante es aquel en el que se cuestionaba el origen de la persona a la que querían ofender, mencionando de forma despectiva el lugar de nacimiento, en una visión un tanto excluyente, eso ocurría tanto con la escasa población indígena como con peninsulares, haciendo alusión a la “defensa del territorio”.
     A través de toda esta serie de agresiones podemos percatarnos de la forma en que se percibía la sociedad en sí, un poco de su vida cotidiana, respecto a la convivencia, el rechazo o la intolerancia hacia diferentes formas de vida, o bien el abuso del poder, por parte de los oficiales o de los miembros de las clases privilegiadas, además de que estos últimos eran muy cuidadosos de hacerlo en público.
     Además podemos percatarnos que existen muchas similitudes con la vida actual, puesto que las riñas callejeras no se terminan, y mucho menos los insultos, muchos de los cuales podemos seguir escuchando hasta nuestros días. 

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